A lo largo de la historia, todas las sociedades decadentes que luego desaparecieron, tuvieron un denominador común: la perversión y el desprecio al matrimonio y la familia. El fenómeno se repite en la actualidad. ¿Estamos asistiendo al comienzo del fin?

Uno de los indicadores que muestra la condición de cualquier sociedad es el que tiene que ver con el estado del matrimonio y la familia. Cuando examinamos los casos de sociedades trágicamente célebres, porque acabaron destruidas, vemos que el denominador común que todas ellas tenían fue la perversión, en la teoría o en la práctica, de la noción del matrimonio y la familia. Por esta razón se les puede justamente denominar sociedades decadentes.

El primer caso de sociedad decadente lo encontramos en aquella que tuvo por fundador a Caín, uno de cuyos descendientes rompió por vez primera la directriz de que el matrimonio es cosa entre un hombre y una mujer. Ahora bien, la civilización de Caín era una civilización próspera en todos los sentidos porque en ella se establecieron los elementos económicos y estéticos que conforman una comunidad humana, como son la explotación de los bienes raíces, la fabricación de herramientas y la creación artística.

Todo iba sobre ruedas, o así les parecía a ellos, hasta el punto de inventarse una nueva norma de matrimonio, en la que un hombre tomó dos mujeres al mismo tiempo. No es por casualidad que fuera la civilización de Caín la que hizo tal cosa, dando así la espalda a lo que Dios había ordenado en el principio, ya que el fundador de tal civilización fue un hombre que personalmente había dado la espalda a Dios previamente. De tal palo tal astilla.

Andando el tiempo encontramos otro caso de sociedad decadente, en aquella que fue arrasada por el diluvio. En realidad no se trataba de una sociedad distinta a la de Caín, sino que era esa misma, pero llevada a sus últimas consecuencias.

Los prolegómenos que prepararon la catástrofe tuvieron que ver con el deseo sexual elevado a la categoría de bien supremo, frente al cual todo lo demás quedó relegado a un segundo término. Lo que importaba sobre todo era la satisfacción sexual, para lo cual se echó por tierra todo lo que se interpusiera en el camino de tal satisfacción. Todas las líneas que marcaban una frontera infranqueable fueron sistemáticamente transgredidas, con tal de conseguir lo deseado. El sexo desordenado era dios.

Es destacable que esta marea de decadencia alcanzó a la sal que había estado preservando al organismo social de la corrupción, es decir, los hijos de Dios, que se envolvieron en la avalancha de inmundicia prevaleciente, quedando pulverizado su código de santidad.

Otro tipo de sociedad decadente es la ejemplificada por Sodoma y Gomorra, donde la tolerancia y la libertad se convirtieron en sus señas de identidad. Una sociedad abierta y próspera, porque de hecho el sobrino de Abraham escogió ir a vivir allí dadas las ventajas económicas que le suponía, donde los viejos principios que sustentaban el matrimonio y la familia habían sido superados. ¿Por qué no permitir y aprobar las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo? Dicho y hecho.

Los antiguos parámetros familiares eran demasiado estrechos y los nuevos valores fueron saludados como una conquista social y un avance sin precedentes. Solamente algún bicho raro podría condenar semejante progreso social, que fue promovido al principio por algunos que se atrevieron a ir más allá de lo estipulado, hasta que finalmente la gran mayoría secundó la propuesta. Una propuesta decadente que terminó de la peor manera posible.

A los cananeos les debemos la invención del alfabeto, los signos que representan los fonemas básicos del lenguaje. Ellos fueron los padres de la escritura, en el sentido que las naciones modernas conocemos. Grandes comerciantes, que recorrían enormes distancias para hacer negocios y fundar prósperas colonias. Una sociedad pujante y brillante en lo económico y en lo científico. Pero la decadencia formaba parte de su cosmovisión, porque sus creencias, lo que hoy denominamos valores, carecían de moral. O mejor dicho, la inmoralidad era la norma, la cual ya estaba representada en sus divinidades.

Por dicha razón el pueblo de Israel fue amonestado de antemano a no andar en las abominaciones que los cananeos practicaban, entre las que estaban el incesto, el adulterio, la homosexualidad y la zoofilia. Todo eso, unido a otro tipo de prácticas degradantes, fue la razón que explica la sentencia de exterminio pronunciada contra ellos.

Del imperio romano dijo Ortega y Gasset que es el único imperio de la antigüedad del que conocemos el ciclo completo de existencia, habiendo quedado registrados su nacimiento, ascenso, desarrollo, plenitud, decadencia y caída.

Pero más allá de la grandeza y gloria de las conquistas militares, de los logros en jurisprudencia y en el pensamiento político y artístico, aquella civilización tenía corroídos sus cimientos, como lo describe el apóstol Pablo en el capítulo 1 de la carta a la congregación cristiana de Roma. Las bases morales en las que esa sociedad estaba construida hacían agua por todas partes, no siendo la menor la concerniente a la raya que delimita la noción de la sexualidad legítima.

Es seguro que ahora vivimos en una sociedad decadente, si comparamos sus parámetros matrimoniales y familiares con las decadentes sociedades del pasado. Pero nuestro caso adquiere tintes de mayor gravedad, porque ellos no conocieron más luz que la de su propia conciencia, que de por sí estaba entenebrecida, mientras que nosotros habiendo tenido la Luz, le hemos dado la espalda deliberadamente. Por eso será imposible, si no hay un cambio, escapar de las consecuencias.